-Javier, ¡Despierta! *niiiiiu niiiiiu* -sonaban las sirenas otra vez-. Y yo, soñoliento, con las legañas aún pegadas en los ojos. No tuve casi ni tiempo de ponerme las zapatillas y salir corriendo. Todos me esperaban abajo, incluso mi hermana que era la que más solía tardar eligiendo qué muñeca llevarse. Al final siempre elegía a Susana, así la llamaba ella, una muñequita de trapo con vestido azul y media sonrisa que le regalaron por su sexto cumpleaños.
Bajé las escaleras tan rápido como pude, tropezándome un poco al llegar a los últimos escalones -¡Los cordones Javier, los cordones!, me gritaba mi madre. Me los até y salimos corriendo hacia los refugios. ¡Cómo los odiaba! La oscuridad, los gritos, el calor asfixiante, el miedo. ¡Casi hubiera preferido que me hubiesen matado ahí afuera a la intemperie!
Llegamos y tomamos asiento, las paredes frías reconfortaban un poco. El olor a humedad era nauseabundo aunque, cuando llevabas un rato, te acostumbrabas. Afuera sonaban los misiles de los aviones y, pese a que estábamos bien protegidos, cada misil que colisionaba contra el suelo parecía impactar de lleno en mi cabeza. Aún tengo grabado ese sonido.
Allí me encontré a Lurdes, mi vecina. Ella iba a la escuela conmigo antes de que el conflicto empezase. La saludé en voz baja no queriendo romper la atmósfera caótica, envenenada por el miedo y las oraciones de las ancianas pidiendo clemencia al señor. Me devolvió el saludo algo ruborizada y con una sonrisa melancólica. Quizás añoraba los recreos jugando a la pelota en el patio del colegio. Yo también lo hacía.
Llevábamos ahí dentro una hora y parecía un siglo entero. Me puse a dibujar por las paredes de cemento, rasgándolas, con una piedra pequeñita. Dibujé una casa, de estas que hacen los niños pequeños, como lo era yo en aquel entonces, con un cuadrado y un triangulo encima. La chimenea la dejé para otra ocasión, me costaba demasiado rasgar la pared para hacer las ondulaciones del humo. Lurdes, imitándome, tomó otra piedra e intentó hacer un avión en la pared. Me reí de su dibujo porque no se parecía en nada a un avión. Ella, aparentando estar enfadada, se cruzó de brazos pero finalmente estalló también en una carcajada. ¿Qué haría yo sin mi Lurdes? Pronto lo descubriría.
Pues fue en la llamada noche de reyes cuando bombardearon las calles, antes de que tuviésemos tiempo de reaccionar. Tres niños, y entre ellos mi vecina, jugaban en la calle. La sangre alcanzó hasta la acera de mi casa. Nunca han sentido mis ojos tanto terror como cuando decidí asomarme a la ventana para ver qué había pasado. Brazos y trozos de carne por los suelos. Y pensar que alguno de esos trozos inertes, esparcidos, era Lurdes me descomponía. Yo creía que nada daba más miedo que una guerra, esta que presencié entre republicanos y sublevados, pues en cualquier momento podríamos morir. Pero fue Lurdes la que salió mal parada. Está muerta. Muerta.
El mayor miedo que he sentido en mis cuarenta años de vida fueron esos meses, tras su muerte. El pensar que nunca más la vería hacía que todo lo demás careciese de sentido. Y hoy, habiendo pasado 29 años desde que te arrebataron del mundo me has llevado a esta reflexión sobre lo frágil que es la vida humana. Un "no te vayas" sin tener la opción de decirte: quédate. Un "hoy te tengo y mañana nunca más podré saber de ti".
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